El mamarracho que llegó a Di Sarli

Por  Carlos Ferrera

Tarea difícil. Repasar, otra vez, mi biografía escolar.  Esta vez por escrito, relacionándola con una bibliografía interesante, en un momento del año en que la gente habla de hacer balances y en un año en particular donde yo todavía estoy muy ocupado para ello.

Volver a la autobiografía escolar a los 41 implica, inevitablemente balances. Es balancear. Y balancear más largo de lo que lo deben de estar haciendo el grupo de  mortales que me rodea.

Pero lo pidió Pineau, que fue el primer pedagogo al que escuché con la fascinación del barrio. Porque, hablando de la escuela, es como si nos describiera, con lujo de detalles, la esquina en la que nos juntábamos de adolescentes. Con una precisión y una percepción que sólo puede comprender quien haya estado allí.

Así que en este balancearme voy a ir bien atrás y a mi primer contacto con la escuela. Por lo que me contaron, la escuela fue “Amigos con quien jugar”. Dicen que fue en Don Bosco, que  tenía dos años y medio, que jugaba con los chicos de adelante, los que le alquilaban la casa a mi abuela. Que, cuando Marcelo, el más chico, empezó el jardín perdía  a mi amigo, inexplicablemente, por unas horas.

Que para julio, justo antes de las vacaciones de invierno en el jardín organizaron una fiesta, me invitaron y fui. Había que ir disfrazado y mi viejo demostró una enorme capacidad de recursos y me pintó la cara con un corcho, me puso un pantalón y una camisa de él, un sombrero y una corneta gigante en la mano. Yo preguntaba “¿de qué estoy disfrazado?” y él contestaba “de mamarracho”.

Es decir, entré a la escuela vestido de mamarracho. Tengo fotos de ello. Y me quedé. Porque la pasé bien. Jugué. Bah, supongo que habré jugado, porque lo que cuentan es que la maestra le dijo a mi vieja que la había pasado muy bien y que, si quería, podía empezar a mandarme, aunque no tuviera la edad. Total, si no me gustaba…me podía sacar.

Y empecé a ir. Y no me fui más.

Después fue seguir en Sarandí y en una escuela demasiado grande, demasiado “escolar”. De ahí tengo recuerdos más nítidos. Hice dos años de jardín y primer y segundo grado.

Me acuerdo de compañeritos de jardín, como Luisito, un gordito rubio que no hablaba y era medio llorón. También recuerdo muy nítidamente la primera vez que tuve miedo a “haberme equivocado” en la escuela.

Sería en preescolar. Hubo una lección paseo donde nos enseñaron a cruzar la calle y esas cosas y al volver a clase había que hacer un dibujo. Hice el semáforo, le puse los colores correspondientes, pero en cualquier orden. Y un compañerito me dijo que estaba mal. Que el rojo iba arriba, el amarillo en el centro y el verde abajo (¿son así los colores del semáforo?) Yo no lo había observado.

Comprendía perfectamente el significado de los colores, pero no me había percatado de un orden.

A la maestra el dibujo le encantó.

Pero, volviendo a lo anterior, a la percepción de “lo escolar”, creo que fue en esa escuela N 10 donde percibí las características monacales de la escuela. El hecho de que sea un lugar separado del mundo, donde todo estaba centrado en la enseñanza.

Allí aparecieron la figura de un Director (pelado  y de anteojos), la prohibición de ir al patio de los grados superiores y  de correr en los recreos, la primer penitencia, aplicada por el Director en persona por desconocer dicha norma, la ida al cine a ver “El Santo de la espada”, “Güemes la tierra en armas” y otras, etc.

Y también la señorita Roxana, muy joven, muy seductora y que decía que quería llevarnos a su casa a mi amigo Pablo Outes y a mí. A Pablo para que le enseñe a ser callada y a mí para que le lea. Había empezado a leer a los cinco, preguntándole a todos los adultos, especialmente a mi viejo, sobre el significado de las letras. Los titulares de Crónica, los carteles callejeros, la televisión y, finalmente un juego de cubos con letras que mi viejo compró eran las excusas que utilizaba más comúnmente para preguntar.

En primer y segundo grado, leer de corrido…era una obviedad.

El otro gran momento de esa época fue la primer conspiración en la que participé junto con la escuela. Supe guardar un secreto entre la maestra y el grado y no boquear en mi casa.

La situación fue una pavada, pero la experiencia tiene una carga simbólica que no creo que se deba despreciar. Estábamos viendo los servidores públicos, los policías, los bomberos, los carteros. La maestra nos explicó cómo se mandaba una carta. Y lo hicimos. Escribimos una carta a nuestras familias, fuimos al correo y las despachamos. Juro que es el día de hoy que no me acuerdo de qué lado del sobre va el remitente y de cuál el destinatario…pero no puedo olvidarme de la complicidad que establecimos cuando la maestra nos pidió que no dijéramos nada. Que fuera una sorpresa. Fueron días de ansiedad. Encima, a mi casa nunca llegaban cartas, así que cuando llamó el cartero fue recibido con asombro y ni mi vieja, ni mis abuelos entendieron mucho cuando se encontraron con una carta mía. Recién allí conté, para sorpresa de toda la familia que no podían creer como me había aguantado y no había dicho nada.

La escuela me enseñó a guardar un secreto. Y lo hizo haciéndome cómplice, diciéndome “¿podés ocultar por unos días esto que está pasando entre nosotros?”

Seguramente no fue el único lugar que me enseñó a guardar secretos, la familia, los amigos, fueron maestros muy duchos en eso, pero en este caso se trataba de los dos universos, el de la casa y el de la escuela y cierta prueba de lealtad en el medio.

Ah, me olvidaba, pero de más está decir que para esa época ya no iba vestido de mamarracho, sino de guardapolvo.

Cuando nos mudamos a Quilmes, la escuela fue un lugar felíz.

1973 fue un año feliz. La casa propia en un barrio obrero, hermoso, donde conocí la ducha y no había que calentar un tacho con agua para bañarse, y mi barra de amigos, los de entonces, los de ahora, los de siempre…

Había peronistas por todos lados en 1973. El universo era peronista, menos mi papá y el papá de Gustavo. Recuerdo que eso lo supe cuando en el patio de la escuela discutimos lo inadecuada que era la candidatura de Isabel Perón.  Ocho años teníamos y pensábamos que Perón estaba viejo, podría morirse y…¿cómo iba a quedar de Presidente una mujer?”.

Tiempos politizados y heroicos. Peronismo de nuevo. Barrio nuevo, escuela nueva, compañeros nuevos, todo nuevo…. Y mi vieja embarazada.

El mundo cambió en 1973 y yo recuerdo algunas tapas de una Revista Satiricón que no me dejaban leer hasta que las leí y varias imágenes de la tele. Curiosamente –o no tanto- recuerdo haber visto muchas más imágenes televisivas de 1972 –o incluso anteriores- que de 1973. No recuerdo haber visto La matanza de Ezeiza, por ejemplo y sí de escuchar la caída de Allende por Radio Colonia…La explicación que encontré tiene dos vetas: una, en mi casa de Sarandí pasaba más horas encerrado, hacía la tarea, miraba tele. En Quilmes la calle no le dejaba mucho tiempo a la tele y los recuerdos políticos que tengo de ese año están relacionados con los amigos o con la familia.

La otra explicación es una cuestión generacional. Toda generación tiene sus blasones, unos inventaron el rock, otros el romanticismo y así…Mi generación tiene un blasón heroico de los tiempos heroicos: Fuimos los destinatarios de las dos mejores temporadas televisivas de “Titanes en el Ring”. Mis recuerdos televisivos de ese año se dieron un abrazo de oso con Martín Karadagian.

Y digo todo esto, porque en ese marco, en ese clima, la señorita Mary Vezzatto, la maestra de 3er grado nos pidió ideas para organizar el acto de fin de curso.

Fuimos un grupo de conspiradores. La idea nos parecía totalmente descabellada, pero… ¿quién sabe?…Hablemos. Y hablamos. Sugerimos una dramatización de Titanes en el Ring protagonizada por nosotros…

Lo pensó. ¿Les parece? ¿Cómo sería? Y desplegamos nuestra sapiencia sobre un tema en el cuál éramos Doctores…

La señorita le preguntó al grado…y la explosión fue unánime y se empezaron a repartir los papeles…

Lo organizamos nosotros, lo guionamos con la ayuda y la asistencia permanente de Mary, pero con una libertad que jamás habíamos experimentado.

Pablo fue STP, el Negro Sena Tuffit Memet, alguien hizo del Gitano Ivanoff y otro del Hippie Hair y la estrella fue Oscar Allegroni como Karadagian…con una barba postiza y una maya negra igualita a la de Martín….Y también estuvieron las viuditas -.genialmente representadas por las chicas-  y el infaltable hombre de la barra de hielo (¿lo hizo Nazarri?). También estaba el relator, que era yo. Mi vieja no podía prepararme porque estaba embarazada de ocho meses y no soportaba el terrible calor de diciembre de 1973. Así que me prepararon las mamás de mis compañeros. Me peinaron los rulos, me encanecieron el pelo con talco, me calzaron unos anteojos ridículos, me pusieron un blaizer y salí a animar la función. Saludaba, presentaba las peleas y luego decía “Arrrrbitro de este combate……..Yo.” y también hacía de referee.

Fuimos felices. Nosotros y nuestros compañeros, los que estaban en el patio, a quienes nunca volví a ver tan entusiasmados en un acto escolar…Pegados al ring…rugiendo…

Y mi vieja no estaba, pero mi viejo sí. Las madres le decían “Qué bien que está su hijo” y el sacudía la cabeza diciendo “Sí, sí”, mientras me buscaba con la mirada.

Cuando todo terminó y me vino a buscar, se animó y dijo “Decime…¿vos…quién eras?”

Era notable el cambio que había operado en mí la institución escolar. Del mamarracho que mi padre mandó por primera vez a jugar al jardín de Infantes…había emergido un Rodolfo Di Sarli, tan elegante que ni el padre lo reconoció….

En el medio…las reglas, las complicidades, las traiciones, las posibilidades, la creatividad incentivada y tantas otras cosas…

La biografía podría seguir con lo trascendente que fue para mí el hecho que la señorita Elva, en cuarto grado, se entusiasmara con mis redacciones…Cada vez me esmeraba más para que fueran más creativas, más largas…O a la escuela enemiga. Que fue la sensación de mi secundaria (1978 – 1982).

Entiendo que todos esos cruces…todo eso que fue la educación en mi vida está allí interactuando permanentemente con el día a día conformando una suerte de “identidad docente” entendida como siempre en proceso, siempre constituyéndose, fijando elementos y sepultando otros. Cada uno de esos elementos responde una determinada variedad de matrices…

La pasión por la historia me lleva a un impulso “natural” a recordar ese nacionalismo castrense de 1971 – 1972 asociado a las reglas de la escuela y las películas patrioteras, en franco contraste con la primavera de 1973. Alumnos de tercer grado organizando el acto. El país patas para arriba.

Pero, justamente, hace rato que me vengo peleando con las concepciones claras y oscuras de la modernidad. En realidad, con cierta falsa ilusión moderna de ubicar “lo bueno” en un terreno, “lo malo” en otro y el triunfo definitivo al final del camino…

La realidad, siempre es más compleja. Y, debe ser por eso, que la fascinación acompañó aquella vez que escuché a Pineau decir “La historia no es mochila, sino joroba”.

La reflexión me lleva directamente al hermoso texto de Beatriz Sarlo en el que nos habla de su tía -Rosa del Río-  y a cuanto dejó el normalismo en nosotros. Y a que la pretensión de erradicarlo no sólo es inútil, sino también bastante tonta. Al mismo tiempo, el mismo texto da cuenta de cuánto de esa corriente hemos erradicado. Desde mi punto de vista, las cintas argentinas y las cabezas rapadas se han alejado bastante –al menos de la realidad material docente de principios de siglo XXI- .

El mío es un caso en el que pervive la identificación con el rol civilizatorio de la escuela, no sólo como “recurso literario”, sino como vivencia personal arraigada, muy vinculada al mito del inmigrante analfabeto (mi bisabuelo) que tras asentarse generó una descendencia que pudo disfrutar del ascenso social.

Es completamente lógico que vea mi historia como escapada de un “destino prefijado” gracias a la escuela. La primera vez que leí el texto de Sarlo me identifiqué inmediatamente con ello. Y, al mismo tiempo, con el compromiso que eso genera en uno. Con la lógica “misional” (que hoy tranquilamente podríamos llamar “militante”, que también es una palabra antigua) que revela el discurso de Rosa del Río.

Son elementos que, a veces, aparecen con más fuerza, en otras ocasiones más leves, pero que están. Siempre están. En ese sentido, creo que la crisis de 2001 impactó muy fuertemente en amplios sectores docentes en el sentido de recuperar cierta mística que, para muchos, estuvo dormida durante buena parte de la década anterior.

En ese contexto, la búsqueda de herramientas de muchos de nosotros se inclinó hacia adentro y pudimos recurrir a muchos de los tornillos, pinzas, martillos que el normalismo había sembrado en nuestra formación.

Más democráticos, menos triunfalistas, menos omnipotentes, quizás más realistas y más pragmáticos, pero agradecidos, en todo caso, por el hecho de poder vincular nuestra profesión, nuestro trabajo de todos los días a la pasión.

Profesor Carlos Ferrera

(2006)