Neurociencia y educación

La medicalización de la pobreza en manos de la educación

Estamos inmersos en un sistema neoliberal, en él la competitividad aparece desplazando categóricamente la inclusión y la equidad. De manera continua y cada vez más voraz, se incrementan las presiones educativas y laborales, soslayando la igualdad de oportunidades, el derecho a la educación y a la posibilidad de satisfacer las necesidades básicas de la población.

Se insiste en un discurso en el cual, la pobreza está estrictamente ligada a la carencia de estimulación cognitiva y emocional y a la vez, esto mismo es transmitido de una generación a otra, repitiendo conductas y profundizándolas. A esto la neurociencia aplicada a la educación lo llama  “riesgo social”.

Considero firmemente que la neurobiología ha realizado muchísimos aportes en el terreno de la salud,  pero las razones por las cuales quiere formar parte de los diseños en política educativa, se traduce en una mirada lineal, con tendencia a homogeneizar y trabajar sobre el “entrenamiento de conductas” a repetirse para ser buenos y aceptables ciudadanos, cada uno en su lugar, los que tienen posibilidades y los que no, todo acomodado y sin reclamo posible.

Probemos entonces un análisis opuesto o diferente: La neurociencia aplicada a la educación deja ver claramente:

  • Una vuelta al determinismo biológico: Los pobres no tienen las mismas posibilidades de aprendizaje que aquellos que cuentan con mayor poder adquisitivo, y si cada vez hay más pobres que por naturaleza son carentes de…la “meritocracia” está a la orden del día.
  • La neurociencia aplicada a la educación, toma a la pobreza como objeto de investigación, por lo tanto se entiende deja de lado al ser humano como sujeto de derecho.

Si nos paramos a pensar que todos los pobres concurren a la escuela pública y los que tienen mayores posibilidades económicas a las escuelas privadas, podemos ver perfectamente hacia donde van estas líneas de política educativa vistas desde la inclusión de la neurociencia en educación. La educación es inclusiva, no “diferencia cerebros”, toma las emociones de manera personal, no va hacia la uniformidad de conductas, los aprendizajes son personales al igual que el tiempo de los mismos. Cada niño, cada adolescente y cada adulto tienen su tiempo. Hay quienes repiten un año escolar, otros que su secundario lo terminan un tiempo después y muchos que sus estudios superiores los ponen al ritmo de sus necesidades de vida y eso significa inclusión, las mismas oportunidades y posibilidades para todos, sin importar los tiempos.

Se vuelve, sin lugar a dudas, a una educación basada en acumulación de contenidos y alejada del pensamiento crítico.

La mayoría de artículos, libros y publicaciones sobre neurociencia hablan de la misma como “Bastión salvador de las condiciones que le da a un individuo la pobreza”, Muchas veces comienzan con descripciones neurofisiológica sobre el sistema nervioso central, llenando páginas de términos técnico-científicos, para nada fáciles de interpretar y por demás impactantes para el público lector en general , algo casi cercano a un manejo del saber en manos de unos pocos, pero que tiene la firme convicción de que esto salvará a los pobres, y es ahí donde el discurso atrapa y entrampa.

Los docentes en general sienten que la neurociencia los va a salvar de las problemáticas sociales, vamos a poder detectar así, situaciones que necesitan tratamientos médicos. He escuchado repetitivamente, respuestas sobre categorización o etiquetas: “este chico es un hiperactivo, necesita tratamiento”…”No se integra al grupo, algún problema tiene”…”Se dispersa con mucha facilidad, no muestra interés, molesta al grupo”…¿No estaremos así además cayendo en el tremendo error de buscar ayuda para “diagnosticar y medicalizar la educación”? Ese no es nuestro rol, no estamos preparados para eso pero quizá nos puedan convencer. La educación está en riesgo: de no hacer un análisis criterioso de lo que está sucediendo, podemos caer en un enfoque uniformista y aportar a para que la industria farmacéutica se enriquezca aun más, otro poder hegemónico que parece dar respuesta a todo.

Nadie niega los cuadros de salud mental, que implican un gran abanico de posibles enfermedades, pero…¿qué relación tiene esto con la pobreza y la falta de oportunidades? Parece delinearse desde la neurobiología, una “normalidad” en los comportamientos: Si el adolescente es rebelde y le cuesta dar respuesta a las pautas de su cultura y la sociedad en la que está inmersa, necesita tratamiento. ¿Se habla de las frustraciones que provocan en niños y adolescentes los medios de comunicación y las redes sociales? ¿Se pone a debate qué les venden y a qué no pueden acceder? ¿Se habla de los deseos, de las construcciones conjuntas, de los proyectos de vida y de la falta de interés en las escuelas por hacer aportes reales a esas identidades que están construyéndose?

No, nada de esto sucede. Simultáneamente las escuelas son invadidas por cursos, seminarios, jornadas y posgrados en neurobiología, la nueva moda, que no presta real atención a las diferencias, que pone a los niños y adolescentes dentro de parámetros que sólo repiten conductas adultas de poco interés, con mucha influencia de los medios, y poco de criterio personal y análisis. La creatividad, la expresión, el dinamismo, los interrogantes lógicos, la inquietud propia de los niños y adolescentes, la participación, el reclamo lógico, no están en el debate de la neurobiología.

Estamos yendo hacia la uniformidad. Niños quietos, callados y que no interpelan. Todos sentados unos detrás de otros, en escucha atenta. Adolescentes con pocas herramientas para el análisis y la historia, acrónimos, que sólo viven su presente, que se adaptan a lo que hay, algunos con posibilidades de estudiar y pertenecer a grupos de elites y otros no. Sin posibilidades de reclamar o peticionar. Llenos todos de una invasión permanente de virtualidad, confundidos en un presente que no proyecta, sesgados por un camino único, donde lo diferente es parte de patologías.